Gracias por ayudarnos a ayudar

En la Fundación Judy Sharp nos da gran satisfacción poder ayudar a niños y a adolescentes a descubrir el gusto por aprender y a comprometerse con sus propios procesos de aprendizaje, consigo mismos y con su futuro. Por eso nos sentimos especialmente vinculados a nuestro proyecto de Intervención psicopedagógica contra el fracaso escolar y la exclusión social, por el que ofrecemos atención pedagógica y soporte emocional a niños y adolescentes tutelados por la Comunidad de Madrid que viven en hogares de acogida de la Fundación ANAR y de la Asociación Nuevo Futuro, sin coste ni para sus familias ni para las instituciones que los tutelan.

Desde el convencimiento de que la educación es la principal herramienta de transformación social y eli­minación de desigualdades, nos esforzamos cada día por reducir la situación de desventaja en la que se encuentran por diversas causas tantos niños, adolescentes y jóvenes a la hora de afrontar sus estudios con éxito.

Esto no sería posible sin la colaboración de entidades como Bankia en Acción-Red Social, Fundación ADEY, Fundación Gandarias, Fundación Roviralta y Fundación bancaria La Caixa, muchas de las cuales nos llevan apoyando desde los inicios de esta iniciativa, hace ya más de una década. A todas ellas, y muy en especial a las personas que hay detrás, va nuestro agradecimiento. Más allá del importante e imprescindible apoyo material que nos prestan, sin el que sería imposible sacar el proyecto adelante, está la complicidad, la confianza y la empatía que aportan sus equipos humanos. Gracias a todos ellos por ayudarnos a ayudar.

El bálsamo de las palabras

Un nuevo texto de nuestra compañera, la psicóloga Lucía Arranz, miembro del equipo de la Fundación Judy Sharp. Podéis leer todos sus textos en : https://luciarranzpsicologa.wordpress.com/.

Querido diario:

Hace unos días Julio Llamazares hizo una presentación bajo el título “El valor terapéutico de la escritura”. Tengo que dar las gracias a nuestras circunstancias pandémicas el que yo pudiera ser parte de su público, participando desde mi casa como oyente de su discurso, ya que de no haber sido porque ahora vivimos en la modalidad online permanente, es más que probable que yo no hubiera asistido físicamente a la Residencia de Estudiantes desde la que se presentó.

Una hora bien aprovechada escuchando a este erudito escritor, pues alimentó mi espíritu y me impulsó  a escribir un nuevo microrrelato.

Desde junio no he conseguido publicar en mi pequeño blog nada, y aunque he hecho algunos intentos de escribir,  mi aceleración por vivir experiencias no ayudaban a la concentración que esta labor me requiere.

Fue por aquel entonces, al “abrirse las fronteras” tras el “encarcelamiento”, cuando cogí mi bici para escapar de casa, cuando hice las maletas para escapar a la playa; cuando cogí el azadón para arreglar mi jardín; cuando dediqué horas de veladas con familiares y amigos para reír; cuando caminé por los pinares tomando aire para llenarme de ese olor característico de los pinos, sintiéndolos tan cerca de mi historia, y escuchando el sonido que producen las hojas secas bajo mis pies mientras camino o corro sorteando los árboles.

Poder observar las estrellas por la noche y los amaneceres y puestas de sol, y repitiéndolo con ansias una y otra vez, un día tras otro. Y disfrutar poniendo la mirada sobre esos campos anchos de Castilla, tan hermosos, tan serenos.

Y sentirme dichosa, privilegiada de estar allí, de estar aquí, en la vida, y darme cuenta de que no necesito mucho más para llegar a la conclusión de que merece la pena vivir, aunque sea con mascarilla.

Sí, he escuchado a alguna persona decir que así no merece la pena vivir. Y confieso que me produjo un gran choque. Y es a partir de este desconcierto o disonancia que siento, cuando me pongo a pensar por qué para mí sí la tiene.

Desde luego creo que, como decía Julio Llamazares, la vida en sí misma es fruto de sufrimiento. Con pandemia o sin ella, nos enfrentamos constantemente al sin sentido, además de que nuestras vidas cursan con constantes pérdidas que tenemos que afrontar con mucho esfuerzo.

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Y en este devenir de dolor que nos espera, tenemos que ir construyendo la forma de paliarlo. Compensarlo por medio de otros momentos que nos procuren bienestar. Y cargar a esos momentos de una resonancia tal que nos haga sentir que merece la pena estar aquí.

Necesitamos bálsamos para estar en la vida. Y de esto hablaba Julio Llamazares, de la literatura como un bálsamo. La literatura, englobando tanto la lectura como la escritura, decía él.

Y me acordé de que así empecé a escribir estos microrrelatos.

En aquellas primeras semanas de confinamiento, empecé a escribir para “viajar” más allá de las paredes de mi casa, para “liberarme” de una sensación de ahogo constante, y al hacerlo me calmé; y con esa real experiencia, corroboro ahora plenamente lo que le escuché decir aquel día a Llamazares, que la literatura es un verdadero bálsamo.

Agradecí enormemente la exposición que hizo este escritor leonés, a las personas que organizaron este ciclo de conferencias que fueron las que le invitaron a participar. Agradezco en general, a todas las personas que venciendo su pereza se esfuerzan por transmitir algo a los demás, porque si hay algo que necesitamos los humanos es estar en relación con otros humanos, comunicarnos y compartir.

Y creo que parte del sentido de la vida, de mi vida, es devolver lo que recibo, por eso escribo esto hoy, para transmitir, si es que he logrado hacerlo, la esencia de lo que escuché entonces o más bien con lo que yo me quedé.

Escuchar a este escritor me ha dado la fuerza para pararme de nuevo a escribir, pues como decía antes, “eché a correr para no mirar atrás”. Pero ¿para qué corro tanto? me pregunto. ¿Para no asumir? ¿Para no sentir? ¿Para no sufrir? ¿Para no pensar?.

Vivir sin reflexión, trampa mortal

Escribo esto en esta sección que he titulado “Diario de cuarentena” con esa idea de bálsamo, porque creo que todos juntos estamos pasando a un mismo tiempo por las mismas sensaciones de pérdida. Y, justo por eso, el ungüento que, en forma de palabras, he fabricado para calmar mis heridas, puede que también te sirva a ti para curar las tuyas.

Escribir como una forma de hacer llegar a los demás lo que siento, lo que pienso, es algo que me interesa, pues me da la posibilidad de ponerme en el lugar de otros hasta sentir su cercanía.

Pienso al escribir todo esto en alguna persona que en este momento se encuentra inmersa en ese trance de tener que dejar marchar a alguien querido para, con ello, poder quedarse arropada en la sensación de dicha por haberlo tenido. Y le acompaño profunda y sinceramente en ese sentimiento.

Y claro, pienso también en aquélla persona que me dijo que así no tenía sentido vivir y me pregunto si mi pequeño texto habrá servido para generar al menos alguna duda en ella que, al permitirle atisbar la vida como un regalo de sensaciones no sólo amargas,  le haga cambiar de idea. Y le acompaño en esa búsqueda de un significado que parece haber perdido, pero que sin embargo, está ahí, esperándola de nuevo.

Podría seguir escribiendo eternamente hasta acercarme a esa posibilidad imaginada de sentir contigo, y así amortiguar mi soledad para conseguir que la escritura adquiera el valor terapéutico que deseo.

Gracias querido diario, por albergar mi sentimiento.

Nuevo curso, nuevos retos

Imagen tomada de enciasgum.es

Como cada septiembre, en la Fundación Judy Sharp volvemos con enormes ganas de empezar a trabajar con nuestros alumnos y de continuar aprendiendo junto a ellos.

Sabemos que este curso nos tocará enfrentarnos a situaciones complicadas, que requerirán, más aún si cabe, que pongamos al servicio de los niños y adolescentes que atendemos y de sus familias todos los recursos que hemos adquirido a lo largo de nuestros muchos años de experiencia. Es nuestro compromiso hacerlo así. Estamos seguros de juntos podremos hacer de este curso un periodo de crecimiento personal, que permitirá a nuestros alumnos potenciar las herramientas que necesitan para afrontar con éxito sus desafíos académicos y personales.

Con el fin de hacer de nuestros centros lugares lo más seguros posibles, hemos preparado un protocolo frente al Covid-19, que podéis leer a continuación. Invitamos, de forma especial a las familias cuyos hijos asisten a nuestra fundación, a tomaros unos minutos para leerlo detenidamente.

Bienvenidos al nuevo curso. ¡Os esperamos!

¡Feliz verano!

Niñas en el mar (Joaquín Sorolla), tomada de arte-paisaje.blogspot.com

Llega el fin de curso de este año extraño, tan distinto a cualquier otro. Como siempre, nos detenemos para hacer balance de nuestro trabajo; como nunca, tomamos conciencia de cómo éste no sólo consiste en dotar a nuestros alumnos, vuestros hijos, de herramientas para que puedan salir adelante pese a sus dificultades o diferencias en el aprendizaje, sino en brindarles recursos para afrontar situaciones adversas, al tiempo que les ayudamos a descubrir sus talentos y fortalezas, y a hallar el camino que favorezca su crecimiento personal.

Nunca es una tarea sencilla, pero las actuales circunstancias han supuesto un reto aún mayor para todo nuestro equipo y un proceso de aprendizaje, que no ha dejado de resultar enriquecedor. Hemos aprendido muchas cosas nuevas junto a vosotros y a vuestros hijos: a adaptarnos a condiciones excepcionalmente difíciles; a hacer uso de las nuevas tecnologías de forma más creativa y fructífera; a lograr crear un ambiente cercano y motivador, pese a la distancia física. Estamos muy satisfechos de haber podido continuar nuestro trabajo en la modalidad online con la gran mayoría de nuestros alumnos. Creo sinceramente que todos podemos sentirnos muy orgullosos de todo el esfuerzo y compromiso mostrado.

 No nos queda ya sino agradeceros por vuestra confianza, complicidad y apoyo, sin los que nuestro trabajo no hubiera sido posible.

 Os esperamos en septiembre, con la misma ilusión y ganas que siempre.

 Que tengáis un feliz verano.

Marta Le Monnier Directora del Departamento de Apoyo Psicopedagógico de la Fundación Judy Sharp

Las dificultades de aprendizaje y sus efectos en el desarrollo emocional

Imagen tomada de guiainfantil.com

La autoestima se refiere, de manera muy simplificada, al sentimiento de «quererse, aceptarse y estar satisfecho consigo mismo». Esta sensación, fundamental para poder percibir y adaptarnos a la realidad que cada uno vivimos sin excesivo sufrimiento, no es algo que se consiga fácilmente ni de una vez para siempre ya que su desarrollo se encuentra muy ligado a las experiencias y circunstancias particulares que rodean nuestra vida y que, por una u otra razón, no son siempre las ideales.

El individuo, desde su nacimiento y de manera progresiva, va construyendo e interiorizando una determinada imagen de sí mismo; primero en sus aspectos físicos y, a continuación (en realidad de manera entremezclada), en sus aspectos emocionales (bueno-malo, obediente-desobediente, querido-rechazado…)

De la sensación de «omnipotencia» que caracteriza a la primera infancia, justificada por la poca experiencia del niño y por verse rodeado de un entorno familiar protector y atento a sus deseos, pasa a un estado de inseguridad y de gran ansiedad provocado por la salida del amparo que le proporciona su familia y de la obligación de entrar en contacto con otros niños y  adultos ajenos a él que, como sus padres, detentan una autoridad que deberá aprender a aceptar.

A la paulatina y exigida integración de actitudes como ceder, compartir, aceptar, esperar, autoconcentrarse, etc., se añadirá, al comenzar la educación formal, la incorporación de los instrumentos y contenidos (lectura, escritura, manejo de cantidades numéricas, conceptos básicos…) que le servirán como armazón de los Aprendizajes «con mayúscula» a los que deberá enfrentarse más adelante.

El niño perteneciente a esta primera etapa escolar, sintiéndose todavía «centro del universo», donde todo gira en torno a él y su mundo más inmediato y concreto, vinculará intensamente todos estos aprendizajes a la imagen que sobre sí mismo aún está en proceso de construcción. La inseguridad que le provoca la imposición de reglas y límites a sus impulsos y deseos, y las exigencias que le marca la nueva realidad, unida a su incapacidad para relativizar las cosas y diferenciar claramente las causas y las consecuencias dentro de un conjunto de hechos, le llevarán a mezclar sus logros (comportamientos y rendimiento) con aspectos vinculados al afecto (primero por parte de sus padres y luego por parte del resto del mundo) como la aceptación, la valoración, el aprecio, la atención.

Y es justo aquí donde puede comenzar el problema al que estamos dedicando este artículo.

Si un niño, con su todavía frágil equilibrio emocional y la subjetividad que define su manera de percibir y valorar la realidad, se encuentra inmerso en un sistema al que no puede responder adecuadamente ( en este caso, el sistema sería el educativo y la respuesta, el rendimiento que muestra) y del que no recibe ese afecto y cuidado que su desarrollo aún requiere casi de forma vital, tenderá a irse formando una imagen distorsionada de sí mismo en la que valores como «éxito, eficacia, rendimiento…» se convierten en modelos absolutos e hipervalorizados a los que no podrá acceder por más que se esfuerce.

El dramatismo con el que expresamos esta situación tal vez parezca exagerado, pero en el fuero interno del alumno que padece alteraciones de aprendizaje no es así. Es cierto que durante el inicio de la escolaridad, un niño suele mostrar despreocupación ante sus dificultades y parecer que no le afectan en absoluto, sin embargo si observamos la importancia que cualquier niño da a sus primeros trabajos escolares y lo exultante que se muestra al enseñarselo a sus padres (es algo suyo, creado por sí mismo), la despreocupación que antes mencionábamos puede ser, en realidad, una señal de que algo no anda bien.

Afortunadamente para él, durante el primer curso, las exigencias son todavía pocas y muy simples, y los márgenes de confianza muy amplios («hay que esperar a que madure»; «es todavía muy pequeño, ya aprenderá»…); sin embargo, conforme el tiempo pasa y los cursos escolares discurren, la experiencia reiterada del fracaso pueden ir mermando la seguridad del mundo mágico y feliz en el que el pequeño se recrea y en el que puede refugiarse cuando las cosas no le van bien.

La preocupación que percibe en sus padres y profesores, la insistencia en que debe poner más atención y cuidado, las recriminaciones y castigos, lo tachones y anotaciones en rojo que invaden sus trabajos, las puestas en evidencia, las comparaciones con sus hermanos y compañeras de clase, y un largo etcétera, van generando en su interior un autoconcepto cada vez más desvalorizado («soy torpe, soy tonto, soy un inútil») que le hará sentir como algo irremediable la pérdida de afecto de sus protectores: «Si no hago las cosas bien, mis padres me regañan. No soy como ellos desearían y dejarán de quererme». Este pensamiento, por muy ridículo que nos parezca desde nuestra perspectiva de adultos, no lo es en absoluto para un niño.

Retraimiento, búsqueda incesante de atención, rabietas, temor a lo extraño, rebeldía, indefensión, indiferencia, sometimiento, oposicionismo, apatía, son los diferentes modos de responder para defenderse de la «agresión» que el niño con dificultades de aprendizaje recibe de un entorno poco comprensivo con su problema. Actitudes que si no se analizan con cuidado y no se atienden debidamente, pueden «enquistarse» desadaptándose cada vez más del sistema en el que debe desenvolverse. Como ilustración de ellos podemos perfectamente imaginar al adolescente que debido a un fracaso continuado en su rendimiento académico, presenta en relación a todo lo que se refiere estudiar un comportamiento carente de responsabilidad y altamente conflictivo, imposible de controlar por unos padres que, confusos y desbordados por la actitud enfrentada de su hijo, toman también posturas radicales cuyos efectos, en la mayoría de las ocasiones, sólo agravan el estado de las cosas.

Ante todo esto, ¿qué podemos hacer los padres? Cada caso es diferente (incluso cuando se dan dentro de una misma familia) y por tanto, el modo de enfrentar la situación también será diferente de un niño a otro. Aún así, quisiéramos apunta una serie de pautas que si bien pueden no ser útiles para nuestro hijo de forma específica, si pueden ayudarnos a percibir el problema con reflexión.

  • Detectada una alteración especial para aprender adecuadamente (dificultad para leer con fluidez; errores ortográficos persistentes del tipo de omisiones, sustituciones, inversiones de letras y sílabas; dificultad para comprender y operar con números, etc.), pedir ayuda en el centro escolar. Si ésta se limita a reforzar los contenidos y a medio plazo no se percibe una evolución clara, acudir a un especialista en difcultades de aprendizaje que además de una evaluación del niño, explique y oriente a los padres en torno a lo que es, supone y debe esperarse de las consecuencias de un trastorno de aprendizaje.
  • No retrasar la consulta para evitar que la dificultad que el niño presente se complique con el tiempo y afecte a más áreas del aprendizaje. El especialista en podrá distinguir si el bajo rendimiento de su hijo se debe a una alteración que necesita ser tratada de manera especial o a otras razones.
  • Las difcultades de aprendizaje tienen una evolución muy variable de un caso a otro, dependiendo sobre todo del momento en que se detecten. En este sentido, es conveniente que los padres no se preocupen excesivamente por el futuro académico a largo plazo de su hijo, intentando centrarse únicamente en el «aquí y ahora» de la situación. Esta actitud le liberará, tanto a ellos como al niño, de tensiones y presiones que solo interferirán en el proceso de recuperación.
  • Informarse de qué son las dificultades de aprendizaje ayuda mucho a comprender de manera realista lo que supone tenerlas para las personas que las padecen. Una actitud comprensiva y afectuosa, donde la confianza en la capacidad del niño para responsabilizarse y asumir sus problemas esté por encima del desaliento y la frustración que pueda provocarla persistencia de sus errores, es fundamental para la superación de este tipo de dificultades.
  • Sin embargo, la importancia de mostrar una actitud cariñosa y comprensiva con sus dificultades no debe ser entendida como una manera de sobreprotección. Hay que ayudarles a que asuman su responsabilidad, escuchándoles y ofreciéndoles el apoyo que requieran pero sin permitirles que utilicen su problema como una vía de chantaje o de escape ante las exigencias que se le planteen.
  • Evitar mostrarle modelos comparativos absolutos e inalcanzables (inteligente, responsable, eficiente…). Reflexionemos con sinceridad acerca de nuestras propias capacidades y habilidades y extraemos la conclusión de que todo es relativo. Nuestro hijo es mucho más que un rendimiento escolar eficiente.
  • Ayudarle a organizarse y estimular su autonomía, pero nada más si él nos lo solicita. Los padres no somos los más indicados para ayudar a nuestros hijos en lo que respecta al trabajo escolar. Hay muchos afectos, juicios, temores y valoraciones por medio que pueden verse alterados minando nuestra relación, sobre todo si tienen problemas de aprendizaje.
  • Dada la persistencia de la dificultad a lo largo de la vida escolar del alumno con dificultades de aprendizaje es muy importante poner más atención y énfasis en los éxitos  que en los fracasos. Es fundamental valorar el esfuerzo y la dedicación por encima de los resultados.

Los juegos «bobos»

Hemos querido recuperar este texto de José Luis Pardo, psicólogo del equipo de la Fundación Judy Sharp, que viene muy a propósito siempre, pero tal vez más en estos tiempos singulares en los que muchos podemos pasar más tiempo con nuestros hijos pequeños.

El “cucú-trastrás” con el que nuestros padres nos sorprendían escondiéndose primero y mostrándose después al ritmo que marcaban estas dos palabras. Los giros acompasados que realizaban con sus manos para que los imitáramos al son de “cinco lobitos tiene la loba”. Los movimientos de sus piernas al compás de las breves historietas que nos recitaban cuando nos sentaban en sus rodillas (“Un caballito caminaba paso a pasito, a trote a trote a trote, ¡a galope a galope a galope!”). Las “rimas tontas” y cancioncillas de melodía repetitiva que, atentos, repetíamos con ellos alzando la voz en la última sílaba (“La luna luna se duerme en la cuna. El sol resol se monta en el caracol”. “Cucú cantaba la rana. Cucú debajo del agua”). “El corro de la patata”, “¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva!”, que cantábamos dando vueltas hacia un lado u otro, y agachándonos o elevándonos en un momento dado. Los saltos, cambios de marcha, bailes y palmoteos siguiendo el compás de los golpes tintineantes de un triángulo o de los acordes tocados al piano por aquella profesora de preescolar…

Posiblemente a estas alturas de nuestra vida ya nos sea imposible extraer de nuestra memoria remota lo que sentíamos con aquellos juegos vocales y musicales, pero podremos recrearlo con facilidad cuando observamos en los pequeños su disfrute y su participación activa al realizarlos.

Aprender una melodía; seguir un ritmo; repetir una secuencia sonora, gestual y verbal; simultanear el lenguaje con el movimiento; jugar con las palabras, rimar, inventar palabras…Un verdadero placer para los pequeños que viven como un juego algo que en su trasfondo tiene un enorme valor para potenciar determinadas habilidades y destrezas que sustentarán la adquisición futura de las herramientas-base del aprendizaje académico.

De entre todas estas habilidades que estos “juegos bobos” favorecen quisiéramos resaltar una en particular por su incidencia en el aprendizaje lector y escritor, “La Conciencia Fonológica”, denominación de la capacidad para captar la idea de que el lenguaje hablado posee una estructura rítmica y sonora susceptible de ser desarticulada en partes que pueden ser manipuladas deliberadamente.

Los niños más pequeños no son conscientes de este aspecto formal del lenguaje. Escuchan mensajes y organizan su discurso para comunicarse, pero sin que se les pase por la cabeza que lo que oyen y dicen puede descomponerse en frases que a su vez pueden separarse en palabras, y estas en sílabas compuestas de sonidos o fonemas.

No será hasta alrededor de los 5 años aproximadamente cuando habiendo alcanzado el desarrollo de una capacidad auditiva suficientemente fina que posibilite discriminar los diferentes sonidos del habla, su desarrollo cognitivo les permita desprenderse de esta única dimensión comunicativa del lenguaje a la que atendían, para poder también tener en cuenta y dirigir premeditadamente su atención a este otro aspecto al que estamos aludiendo.

A este salto cualitativo que se opera en el uso formal del lenguaje, se le llama “Habilidad Metalingüística”, con la que los niños empezarán a estar capacitados para percibir (y entonces poder corregir) los posibles errores del habla, tanto fonéticos (articulación de los fonemas y de su estructura dentro de las palabras), como lexicales (uso del vocabulario pertinente) y gramaticales (secuencia de las palabras dentro de las oraciones; empleo de los morfemas flexivos -género, número, tiempo…-; etc.).

Gracias a esta toma de conciencia, los pequeños irán pudiendo también aplicar progresivamente una serie de operaciones de análisis auditivo del habla que les permitirá darse cuenta de que esta se trata de una cadena sonora constituida por una serie de “segmentos fónicos” diferenciados (sonidos o “fonemas” [que más tarde se representarán con las letras] agrupados en golpes de voz [representados por sílabas], en significados concretos [palabras], y en mensajes completos [frases]).

Irán, así, adquiriendo una “Habilidad Metafonológica” que poco a poco podrán regular de modo consciente e intencional gracias a la coincidencia con su inicio en el aprendizaje de la lectura y de la escritura y, por tanto, del descubrimiento de que estos elementos sonoros del lenguaje pueden “dibujarse” (representarse por medio de signos).

Si no hay alteraciones de lenguaje o de procesamiento auditivo de por medio que interfieran en este proceso, las dos funciones acabarán interactuando entre sí de tal manera que el desarrollo de una beneficiará el de la otra y viceversa:

La habilidad para “jugar mentalmente” con los segmentos del habla, para irlos agrupando en sus distintas combinaciones o separando de manera pertinente y entender cómo hacerlo, irá avanzando favorecida por la posibilidad de su visualización. Al mismo tiempo el paulatino dominio de esta habilidad de análisis fonológico facilitará el progreso del manejo lecto-escritor de la siguiente manera:

– Durante la lectura, ayudará a la identificación visual (análisis) de los elementos y partes de las palabras y, consecuentemente posibilitará un procesamiento mecánico-lector más preciso que con la práctica se hará más ágil.

– Durante la escritura, al ser consciente de los elementos que componen las palabras, dirigirá la atención hacia cada uno de esos segmentos para evitar que durante su producción se omitan o se transcriban incorrectamente, tanto en su secuencia como en la aplicación de la letra correspondiente.

La “Conciencia Fonológica” por tanto se constituye como una función cognitiva fundamental para el desarrollo del proceso de la lectura y de la escritura. Su manejo eficiente o no parece ser un buen predictor de cómo se desarrollará este aprendizaje básico, por lo que convendrá ser muy ejercitada desde el comienzo mismo de la Etapa Infantil, práctica que también convendrá alargar posteriormente si se percibe algún retraso o dificultad. Sin embargo, para lograr que se active y evolucione sin excesivos problemas será muy importante que los niños dispongan previamente de una base que, como referíamos al comienzo de este escrito, estimularemos a través de esos “juegos bobos” que desde hace generaciones, de manera espontánea y sin consciencia de su cometido, disfrutan los padres con sus hijos.

José Luis Pardo Bragado
Psicólogo de la Fundación Judy Sharp

La desescalada

Un nuevo texto de nuestra compañera, miembro del equipo de la Fundación Judy Sharp, la psicóloga Lucía Arranz.

Supongo que debemos estar contentos. Pronto pasaremos a la fase 1 y después a la 2 y…llegó el buen tiempo, el verano. ¡Quedemos en la terraza del bar para unas cañitas y unos percebes! ¡Vámonos al pueblo, a la playa…! ¡Venga, a vivir!

Hay personas que así lo sienten. Necesitan respirar y ya están haciendo sus planes vacacionales. Soñando con viajar y volar a quién sabe dónde.

Hay otras, sin embargo, que no pisan la calle ni una vez al día.

Las más salen, pero no son pocas las que lo hacen con miedo. Se ponen la mascarilla y abren bien los ojos para ver dónde está “el enemigo”, tratando de identificar con quién conviene o no conviene hablar. Si tú las miras, dan un paso atrás. Se alejan. Como si por buscar su mirada te hubieras convertido en sospechoso.

Alerta, eso es lo que predomina en esta desescalada.

Nos van hablando de lo que podremos ir haciendo, y pareciera que debemos encontrarnos felices por ello. Como si fuéramos niños a los que les dan un caramelo. Pero ni los niños se dejan engañar. Conozco a muchos niños, hablo con ellos y ninguno me ha dicho sentirse con ganas de salir, ni de volver al colegio. Incluso les veo algo apáticos, no parecen muy felices.

Yo lo que veo es que nos han salido unas antenas ultrasensibles al contacto. Vamos mirando a nuestro alrededor para no relajarnos, para no bajar la guardia ante un posible roce o acercamiento que pudiese derivar en un posible contagio.

 No me toques, no me mires, no me hables.

Hay algo enrarecido en el ambiente. La forma de contactar con las personas con las que antes lo hacíamos se ha visto perturbada, y ahora ya no sabemos qué hacer para contactar de nuevo.

“Quizás, lo más seguro sea simplificar de momento”, creo que piensan algunos:

Reduzcamos el contacto a la familia, de esta manera, como se suele decir, todo queda en casa. Tú en tu casa y yo en la mía. Mejor no mezclarse.

Dejemos la peluquería para otro momento, que ya me tiño en casa.

Oye, déjame la maquinilla y así le corto yo el pelo al niño.

Cuánto menos salgamos, mejor. Además así soy solidario, contribuyendo a la no propagación del virus.

Dejemos el cine para más adelante, ¿qué necesidad hay? Me apaño con Netflix.

Vamos, niños, a dar un paseo. No quiero ir, mamá. No quiero salir. Déjame, que en casa estoy bien. No me quiero contagiar.

Y, bueno, ¿qué decir de las conversaciones?

Si somos sinceros, muchos chistes no nos contamos. El humor brilla por su ausencia. Que si el estrés que tengo con las multitareas; que si tengo una madre o una tía que con esta situación han empeorado; que cerraron el centro de día y mi madre se ha quedado sin la actividad que le ocupaba toda la mañana, incluso donde comía; que si el niño no hace los deberes; que qué haremos cuando llegue el calor; que no te pares que no está permitido, caminemos, pero no te acerques a nadie, que se supone que no podemos estar juntos; que si ponte bien la mascarilla, que si no puedo respirar, que si pásame un poco de gel para las manos que aunque no he tocado nada.. .quién sabe, por si acaso, y… ¡toque de queda! Venga, que ya es la hora, se acabó el tiempo de estar fuera.

Y….ya en casa…deja los zapatos en la entrada, no pises el suelo de la casa, quítate la ropa…échala a lavar… dúchate… Al fin, ¡estamos a salvo!

Esto es agotador ¡mañana mejor no salgo!

Lucía Arranz

El trabajo online y nuestros alumnos: algunas lecciones aprendidas

Imagen tomada del diariodeleon.es

El confinamiento prolongado a consecuencia de la situación sanitaria actual sin duda está teniendo repercusiones a nivel individual y familiar. Éstas afectan a nivel escolar, emocional y social, en los hábitos diarios, como el sueño y la alimentación, y en el comportamiento, que en el caso de los niños puede llevarles a mostrar una mayor irritabilidad o incluso conductas más infantiles.

Como no podía ser de otra manera, en la Fundación Judy Sharp seguimos acompañando a nuestros alumnos y a sus familias en esta situación tan excepcional que todos estamos viviendo. Aunque la gran mayoría de los niños y adolescentes con los que trabajamos se están adaptando de manera sorprendente a estas circunstancias, es fundamental mantener un contacto permanente con ellos y dar continuidad al trabajo que se viene realizando.

Nuestros alumnos se sienten acogidos en la Fundación y por los distintos profesionales que forman parte de ella. Por ello, uno de los pilares fundamentales para el trabajo online es seguir dándoles un espacio donde puedan expresar sus emociones y compartir cómo están gestionando tanto la situación propia del COVID-19 como todas las complicaciones asociadas a la crisis sanitaria. Además, por supuesto, de seguir acompañándolos a nivel escolar y en todo lo relacionado con sus dificultades de aprendizaje.

El trabajo online nos permite acompañar a cada uno de nuestros alumnos en la tarea escolar, aclarar sus dudas y que no pierdan el ritmo del colegio. Además, continuamos trabajando en las dificultades específicas del aprendizaje con tareas específicas de atención, velocidad de procesamiento, memoria, lenguaje, razonamiento o funciones ejecutivas, entre otras.

Y, por supuesto, aunque el trabajo se realice online, es necesario adaptarse a la situación personal de cada niño y a sus características, del mismo modo que lo hacíamos —y volveremos a hacer pronto— de forma presencial. El modo de trabajo es muy diferente dependiendo de la edad y de las dificultades que tenga cada alumno: con los pequeños, sesiones más cortas que nos permiten mantener la motivación hacia el aprendizaje y continuar con el vínculo; con los niños de primaria —a partir de 4º, cuando tienen más contenido escolar— y con los chicos de secundaria, atendiendo su demanda de una mayor atención a la organización y planificación de las actividades, al trabajo específico de contenidos y a las técnicas de estudio.

Algunos de los niños siguen la jornadas escolar online, lo que implica tiempos de trabajo prolongados frente a la pantalla. Otros, en cambio, reciben la tarea para hacer en casa. Para todos ellos, trabajar con las nuevas tecnologías puede resultar motivante. Facilitar el espacio ( lugar) que los niños necesitan para trabajar de manera individual con nosotros permite mantener un espacio terapéutico donde atender sus necesidades emocionales, escolares, familiares, sociales o de estrés por la incertidumbre.

Como todos hemos aprendido durante este tiempo, el contexto familiar influye en la eficacia de las sesiones de apoyo. Muchos padres tienen que compaginar sus responsabilidades laborales con los deberes de sus hijos, lo que supone una sobrecarga de las exigencias a lo largo del día. Mantener una rutina diaria y una distribución de las tareas escolares y los descansos entre ellas sin duda facilita el buen funcionamiento familiar y escolar.

Y no olvidemos que, a pesar del desafío que supone, este periodo también puede ser una oportunidad para hacer aquellas cosas a las que habitualmente no les dedicamos tiempo, como compartir nuestros intereses, nuestros hobbies y aficiones, realizar actividades deportivas conjuntamente y jugar o cocinar en familia.

Marta Muñoz

Rosa Zafra

Miembros del equipo de psicólogos de la Fundación Judy Sharp

La vuelta… ¿a la normalidad?

Nuevo microrrelato de Lucía Arranz, miembro del equipo de psicólogos de la Fundación Judy Sharp.

¡VOLVER, VOLVER ….A TUS BRAZOS OTRA VEZ!

Querido Diario:

Llevaba días pensando en escribir, pero no me acababa de animar.

Estoy estresada. Nerviosa. Inquieta. Así no puedo pensar bien, conectarme, como digo yo, acercarme a “mi sentir”. No puedo. Demasiada actividad es incompatible con pensar, porque para pensar hay que pararse. Pararse a pensar.

Creo que esto es lo que debe pasarles a los niños hiperactivos, que como están siempre moviéndose, siempre hablando, siempre agitados, no pueden concentrarse porque no pueden pararse…a pensar.

Pero el caso es que no quiero pararme.

El confinamiento me frenó, como a todos, y eso me ayudó a parar y a “pararme a pensar”. Pero ahora… ahora que ya parece que comienza la actividad, empiezo a agitarme en mi silla, se me activan las antenas, me pongo alerta. ¡Salir, se puede salir! A las 20 horas en punto  ya estaba yo preparada con mi bicicleta para echarme a rodar, para darme a la fuga. Esa era mi fantasía. Me cojo la bici y me voy lejos, muy lejos.

Volví, pero bien tarde.

Al día siguiente salí a caminar, porque ahora parece que no se pasea, sino que se camina. Pasear supone ir acompañado y charlando, y esa no es la idea. Así que salgo a realizar una tarea que me impongo, la de cumplir con hacer ejercicio, mantenerme en forma.

Y me ayuda; voy notando que cada vez estoy más activa, más en marcha, preparada para… ¡Volver a la normalidad!

Pero, ¿quiero volver a esa normalidad? Realizar otra vez una actividad tras otra, ¿quiero?

¡No, no quiero!, me agobio si pienso en ello. Mejor me quedo en casa confinada.

Y de repente, con este nuevo pensamiento, me siento totalmente contrariada. Desconcertada y confusa.

Tengo nostalgia de ese primer mes en casa, cuando entré en esa fase dulce de retiro, sintiendo mi pena, mi desilusión, mi apatía… No sé, me refiero a que entendía mejor mi sentimiento. Pero, ¿ahora, qué siento?

Hace un rato decía lo eufórica que me sentía al poder salir y ahora me desagrada esta sensación de VOLVER.  ¿Quién lo entiende? Desde que ha empezado la situación de desescalada estoy así, ambivalente. Estoy en un quiero-no quiero a un tiempo.

Es difícil todo esto. Primero para, luego arranca… pero luego seguramente habrá otra parada, según ya nos van advirtiendo. Es súper confuso, me desoriento.

Pero voy a parar para pensar, y me digo a mí misma que no voy a regresar al “mundo” sin cuestionarme nada. Tendré que preguntarme a dónde vuelvo, de dónde vengo, qué dejo, por qué entro, por qué salgo. ¿Tendré que preguntármelo? ¿O no?

Otra posibilidad sería dejarme llevar por esa reactivación que nos recomiendan retomar lo antes posible, entrar de nuevo en la rueda de hacer y producir, de producir y hacer, sin más. Volver a esa “normalidad” como la califican.

Pero ese desagrado que siento dentro, esa sensación… cómo te diría yo, de inquietud, me quiere transmitir algo, me dice que me pare un poco más. Me dice que algo pasa y tengo que hacerle caso, frenar de nuevo  y pararme para pensar.

Y empiezo a plantearme si quiero volver a mi vida; y me pregunto por qué este virus, desde cuándo este virus… y me pongo a leer para informarme, porque el telediario, la verdad sea dicha, es ya un poco reiterativo y francamente no me ayuda; y busco, busco entre fuentes de información que entiendo como rigurosas,  y… encuentro.  

Y me voy dando por enterada de que este virus tiene que ver con nuestra forma de vivir y de estar en el mundo, y de que esa “normalidad” de la que hablamos es sólo un constructo,  una abstracción elaborada por nosotros mismos (¿o por otros?) por lo que, entonces,  podríamos crear otra normalidad. Y me digo que el ser humano en  un absurdo trágico,  es en realidad el principal factor destructivo que atenta contra su propia existencia.

Bueno… es verdad que por pararme a pensar he llegado a una idea un poco pesimista, pero fíjate, prefiero tener una postura, aunque no sea del todo positiva, a no tenerla. El no posicionarte en unos principios más o menos definidos te lleva a vivir agitada, nerviosa, y si me apuras, diría yo que zarandeada y manipulada.

No me gusta, no. No me gusta el exceso de actividad  y exigencia (en ocasiones, autoimpuesta) que implica no ser dueña de mi vida. Tampoco voy a ser ingenua, porque sé que soy una hormiguita en un mundo dirigido por elefantes, sé que pertenezco a un mundo global que es dirigido por otros.

Pero sí puedo, al pararme a pensar, ser dueña de mí, de mis pensamientos, de mis emociones, que es lo más importante que tengo. Nadie me puede quitar mi conciencia.

Y nuevamente, como ya he escrito en otras ocasiones, al terminar de escribir me siento… ¿Cómo decirlo?… Más libre y más en paz.

Lucía Arranz Rico

11 de Mayo 2020

Algunas recomendaciones para madres y padres

Lo primero, es importante que relativicéis estas recomendaciones para ajustarlas a vuestras propias circunstancias, pues ninguno de nosotros podemos controlarlo todo. Por eso no debemos culpabilizarnos si no somos capaces de abordarlo todo o si perdemos la paciencia en momentos puntuales con nuestros hijos. Estas reacciones son totalmente normales y esperables, como también lo son las que tendrán nuestros hijos.

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