La desescalada

Un nuevo texto de nuestra compañera, miembro del equipo de la Fundación Judy Sharp, la psicóloga Lucía Arranz.

Supongo que debemos estar contentos. Pronto pasaremos a la fase 1 y después a la 2 y…llegó el buen tiempo, el verano. ¡Quedemos en la terraza del bar para unas cañitas y unos percebes! ¡Vámonos al pueblo, a la playa…! ¡Venga, a vivir!

Hay personas que así lo sienten. Necesitan respirar y ya están haciendo sus planes vacacionales. Soñando con viajar y volar a quién sabe dónde.

Hay otras, sin embargo, que no pisan la calle ni una vez al día.

Las más salen, pero no son pocas las que lo hacen con miedo. Se ponen la mascarilla y abren bien los ojos para ver dónde está “el enemigo”, tratando de identificar con quién conviene o no conviene hablar. Si tú las miras, dan un paso atrás. Se alejan. Como si por buscar su mirada te hubieras convertido en sospechoso.

Alerta, eso es lo que predomina en esta desescalada.

Nos van hablando de lo que podremos ir haciendo, y pareciera que debemos encontrarnos felices por ello. Como si fuéramos niños a los que les dan un caramelo. Pero ni los niños se dejan engañar. Conozco a muchos niños, hablo con ellos y ninguno me ha dicho sentirse con ganas de salir, ni de volver al colegio. Incluso les veo algo apáticos, no parecen muy felices.

Yo lo que veo es que nos han salido unas antenas ultrasensibles al contacto. Vamos mirando a nuestro alrededor para no relajarnos, para no bajar la guardia ante un posible roce o acercamiento que pudiese derivar en un posible contagio.

 No me toques, no me mires, no me hables.

Hay algo enrarecido en el ambiente. La forma de contactar con las personas con las que antes lo hacíamos se ha visto perturbada, y ahora ya no sabemos qué hacer para contactar de nuevo.

“Quizás, lo más seguro sea simplificar de momento”, creo que piensan algunos:

Reduzcamos el contacto a la familia, de esta manera, como se suele decir, todo queda en casa. Tú en tu casa y yo en la mía. Mejor no mezclarse.

Dejemos la peluquería para otro momento, que ya me tiño en casa.

Oye, déjame la maquinilla y así le corto yo el pelo al niño.

Cuánto menos salgamos, mejor. Además así soy solidario, contribuyendo a la no propagación del virus.

Dejemos el cine para más adelante, ¿qué necesidad hay? Me apaño con Netflix.

Vamos, niños, a dar un paseo. No quiero ir, mamá. No quiero salir. Déjame, que en casa estoy bien. No me quiero contagiar.

Y, bueno, ¿qué decir de las conversaciones?

Si somos sinceros, muchos chistes no nos contamos. El humor brilla por su ausencia. Que si el estrés que tengo con las multitareas; que si tengo una madre o una tía que con esta situación han empeorado; que cerraron el centro de día y mi madre se ha quedado sin la actividad que le ocupaba toda la mañana, incluso donde comía; que si el niño no hace los deberes; que qué haremos cuando llegue el calor; que no te pares que no está permitido, caminemos, pero no te acerques a nadie, que se supone que no podemos estar juntos; que si ponte bien la mascarilla, que si no puedo respirar, que si pásame un poco de gel para las manos que aunque no he tocado nada.. .quién sabe, por si acaso, y… ¡toque de queda! Venga, que ya es la hora, se acabó el tiempo de estar fuera.

Y….ya en casa…deja los zapatos en la entrada, no pises el suelo de la casa, quítate la ropa…échala a lavar… dúchate… Al fin, ¡estamos a salvo!

Esto es agotador ¡mañana mejor no salgo!

Lucía Arranz

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