Los juegos «bobos»

Hemos querido recuperar este texto de José Luis Pardo, psicólogo del equipo de la Fundación Judy Sharp, que viene muy a propósito siempre, pero tal vez más en estos tiempos singulares en los que muchos podemos pasar más tiempo con nuestros hijos pequeños.

El “cucú-trastrás” con el que nuestros padres nos sorprendían escondiéndose primero y mostrándose después al ritmo que marcaban estas dos palabras. Los giros acompasados que realizaban con sus manos para que los imitáramos al son de “cinco lobitos tiene la loba”. Los movimientos de sus piernas al compás de las breves historietas que nos recitaban cuando nos sentaban en sus rodillas (“Un caballito caminaba paso a pasito, a trote a trote a trote, ¡a galope a galope a galope!”). Las “rimas tontas” y cancioncillas de melodía repetitiva que, atentos, repetíamos con ellos alzando la voz en la última sílaba (“La luna luna se duerme en la cuna. El sol resol se monta en el caracol”. “Cucú cantaba la rana. Cucú debajo del agua”). “El corro de la patata”, “¡Que llueva, que llueva, la Virgen de la cueva!”, que cantábamos dando vueltas hacia un lado u otro, y agachándonos o elevándonos en un momento dado. Los saltos, cambios de marcha, bailes y palmoteos siguiendo el compás de los golpes tintineantes de un triángulo o de los acordes tocados al piano por aquella profesora de preescolar…

Posiblemente a estas alturas de nuestra vida ya nos sea imposible extraer de nuestra memoria remota lo que sentíamos con aquellos juegos vocales y musicales, pero podremos recrearlo con facilidad cuando observamos en los pequeños su disfrute y su participación activa al realizarlos.

Aprender una melodía; seguir un ritmo; repetir una secuencia sonora, gestual y verbal; simultanear el lenguaje con el movimiento; jugar con las palabras, rimar, inventar palabras…Un verdadero placer para los pequeños que viven como un juego algo que en su trasfondo tiene un enorme valor para potenciar determinadas habilidades y destrezas que sustentarán la adquisición futura de las herramientas-base del aprendizaje académico.

De entre todas estas habilidades que estos “juegos bobos” favorecen quisiéramos resaltar una en particular por su incidencia en el aprendizaje lector y escritor, “La Conciencia Fonológica”, denominación de la capacidad para captar la idea de que el lenguaje hablado posee una estructura rítmica y sonora susceptible de ser desarticulada en partes que pueden ser manipuladas deliberadamente.

Los niños más pequeños no son conscientes de este aspecto formal del lenguaje. Escuchan mensajes y organizan su discurso para comunicarse, pero sin que se les pase por la cabeza que lo que oyen y dicen puede descomponerse en frases que a su vez pueden separarse en palabras, y estas en sílabas compuestas de sonidos o fonemas.

No será hasta alrededor de los 5 años aproximadamente cuando habiendo alcanzado el desarrollo de una capacidad auditiva suficientemente fina que posibilite discriminar los diferentes sonidos del habla, su desarrollo cognitivo les permita desprenderse de esta única dimensión comunicativa del lenguaje a la que atendían, para poder también tener en cuenta y dirigir premeditadamente su atención a este otro aspecto al que estamos aludiendo.

A este salto cualitativo que se opera en el uso formal del lenguaje, se le llama “Habilidad Metalingüística”, con la que los niños empezarán a estar capacitados para percibir (y entonces poder corregir) los posibles errores del habla, tanto fonéticos (articulación de los fonemas y de su estructura dentro de las palabras), como lexicales (uso del vocabulario pertinente) y gramaticales (secuencia de las palabras dentro de las oraciones; empleo de los morfemas flexivos -género, número, tiempo…-; etc.).

Gracias a esta toma de conciencia, los pequeños irán pudiendo también aplicar progresivamente una serie de operaciones de análisis auditivo del habla que les permitirá darse cuenta de que esta se trata de una cadena sonora constituida por una serie de “segmentos fónicos” diferenciados (sonidos o “fonemas” [que más tarde se representarán con las letras] agrupados en golpes de voz [representados por sílabas], en significados concretos [palabras], y en mensajes completos [frases]).

Irán, así, adquiriendo una “Habilidad Metafonológica” que poco a poco podrán regular de modo consciente e intencional gracias a la coincidencia con su inicio en el aprendizaje de la lectura y de la escritura y, por tanto, del descubrimiento de que estos elementos sonoros del lenguaje pueden “dibujarse” (representarse por medio de signos).

Si no hay alteraciones de lenguaje o de procesamiento auditivo de por medio que interfieran en este proceso, las dos funciones acabarán interactuando entre sí de tal manera que el desarrollo de una beneficiará el de la otra y viceversa:

La habilidad para “jugar mentalmente” con los segmentos del habla, para irlos agrupando en sus distintas combinaciones o separando de manera pertinente y entender cómo hacerlo, irá avanzando favorecida por la posibilidad de su visualización. Al mismo tiempo el paulatino dominio de esta habilidad de análisis fonológico facilitará el progreso del manejo lecto-escritor de la siguiente manera:

– Durante la lectura, ayudará a la identificación visual (análisis) de los elementos y partes de las palabras y, consecuentemente posibilitará un procesamiento mecánico-lector más preciso que con la práctica se hará más ágil.

– Durante la escritura, al ser consciente de los elementos que componen las palabras, dirigirá la atención hacia cada uno de esos segmentos para evitar que durante su producción se omitan o se transcriban incorrectamente, tanto en su secuencia como en la aplicación de la letra correspondiente.

La “Conciencia Fonológica” por tanto se constituye como una función cognitiva fundamental para el desarrollo del proceso de la lectura y de la escritura. Su manejo eficiente o no parece ser un buen predictor de cómo se desarrollará este aprendizaje básico, por lo que convendrá ser muy ejercitada desde el comienzo mismo de la Etapa Infantil, práctica que también convendrá alargar posteriormente si se percibe algún retraso o dificultad. Sin embargo, para lograr que se active y evolucione sin excesivos problemas será muy importante que los niños dispongan previamente de una base que, como referíamos al comienzo de este escrito, estimularemos a través de esos “juegos bobos” que desde hace generaciones, de manera espontánea y sin consciencia de su cometido, disfrutan los padres con sus hijos.

José Luis Pardo Bragado
Psicólogo de la Fundación Judy Sharp

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