Las dificultades de aprendizaje y sus efectos en el desarrollo emocional

Imagen tomada de guiainfantil.com

La autoestima se refiere, de manera muy simplificada, al sentimiento de «quererse, aceptarse y estar satisfecho consigo mismo». Esta sensación, fundamental para poder percibir y adaptarnos a la realidad que cada uno vivimos sin excesivo sufrimiento, no es algo que se consiga fácilmente ni de una vez para siempre ya que su desarrollo se encuentra muy ligado a las experiencias y circunstancias particulares que rodean nuestra vida y que, por una u otra razón, no son siempre las ideales.

El individuo, desde su nacimiento y de manera progresiva, va construyendo e interiorizando una determinada imagen de sí mismo; primero en sus aspectos físicos y, a continuación (en realidad de manera entremezclada), en sus aspectos emocionales (bueno-malo, obediente-desobediente, querido-rechazado…)

De la sensación de «omnipotencia» que caracteriza a la primera infancia, justificada por la poca experiencia del niño y por verse rodeado de un entorno familiar protector y atento a sus deseos, pasa a un estado de inseguridad y de gran ansiedad provocado por la salida del amparo que le proporciona su familia y de la obligación de entrar en contacto con otros niños y  adultos ajenos a él que, como sus padres, detentan una autoridad que deberá aprender a aceptar.

A la paulatina y exigida integración de actitudes como ceder, compartir, aceptar, esperar, autoconcentrarse, etc., se añadirá, al comenzar la educación formal, la incorporación de los instrumentos y contenidos (lectura, escritura, manejo de cantidades numéricas, conceptos básicos…) que le servirán como armazón de los Aprendizajes «con mayúscula» a los que deberá enfrentarse más adelante.

El niño perteneciente a esta primera etapa escolar, sintiéndose todavía «centro del universo», donde todo gira en torno a él y su mundo más inmediato y concreto, vinculará intensamente todos estos aprendizajes a la imagen que sobre sí mismo aún está en proceso de construcción. La inseguridad que le provoca la imposición de reglas y límites a sus impulsos y deseos, y las exigencias que le marca la nueva realidad, unida a su incapacidad para relativizar las cosas y diferenciar claramente las causas y las consecuencias dentro de un conjunto de hechos, le llevarán a mezclar sus logros (comportamientos y rendimiento) con aspectos vinculados al afecto (primero por parte de sus padres y luego por parte del resto del mundo) como la aceptación, la valoración, el aprecio, la atención.

Y es justo aquí donde puede comenzar el problema al que estamos dedicando este artículo.

Si un niño, con su todavía frágil equilibrio emocional y la subjetividad que define su manera de percibir y valorar la realidad, se encuentra inmerso en un sistema al que no puede responder adecuadamente ( en este caso, el sistema sería el educativo y la respuesta, el rendimiento que muestra) y del que no recibe ese afecto y cuidado que su desarrollo aún requiere casi de forma vital, tenderá a irse formando una imagen distorsionada de sí mismo en la que valores como «éxito, eficacia, rendimiento…» se convierten en modelos absolutos e hipervalorizados a los que no podrá acceder por más que se esfuerce.

El dramatismo con el que expresamos esta situación tal vez parezca exagerado, pero en el fuero interno del alumno que padece alteraciones de aprendizaje no es así. Es cierto que durante el inicio de la escolaridad, un niño suele mostrar despreocupación ante sus dificultades y parecer que no le afectan en absoluto, sin embargo si observamos la importancia que cualquier niño da a sus primeros trabajos escolares y lo exultante que se muestra al enseñarselo a sus padres (es algo suyo, creado por sí mismo), la despreocupación que antes mencionábamos puede ser, en realidad, una señal de que algo no anda bien.

Afortunadamente para él, durante el primer curso, las exigencias son todavía pocas y muy simples, y los márgenes de confianza muy amplios («hay que esperar a que madure»; «es todavía muy pequeño, ya aprenderá»…); sin embargo, conforme el tiempo pasa y los cursos escolares discurren, la experiencia reiterada del fracaso pueden ir mermando la seguridad del mundo mágico y feliz en el que el pequeño se recrea y en el que puede refugiarse cuando las cosas no le van bien.

La preocupación que percibe en sus padres y profesores, la insistencia en que debe poner más atención y cuidado, las recriminaciones y castigos, lo tachones y anotaciones en rojo que invaden sus trabajos, las puestas en evidencia, las comparaciones con sus hermanos y compañeras de clase, y un largo etcétera, van generando en su interior un autoconcepto cada vez más desvalorizado («soy torpe, soy tonto, soy un inútil») que le hará sentir como algo irremediable la pérdida de afecto de sus protectores: «Si no hago las cosas bien, mis padres me regañan. No soy como ellos desearían y dejarán de quererme». Este pensamiento, por muy ridículo que nos parezca desde nuestra perspectiva de adultos, no lo es en absoluto para un niño.

Retraimiento, búsqueda incesante de atención, rabietas, temor a lo extraño, rebeldía, indefensión, indiferencia, sometimiento, oposicionismo, apatía, son los diferentes modos de responder para defenderse de la «agresión» que el niño con dificultades de aprendizaje recibe de un entorno poco comprensivo con su problema. Actitudes que si no se analizan con cuidado y no se atienden debidamente, pueden «enquistarse» desadaptándose cada vez más del sistema en el que debe desenvolverse. Como ilustración de ellos podemos perfectamente imaginar al adolescente que debido a un fracaso continuado en su rendimiento académico, presenta en relación a todo lo que se refiere estudiar un comportamiento carente de responsabilidad y altamente conflictivo, imposible de controlar por unos padres que, confusos y desbordados por la actitud enfrentada de su hijo, toman también posturas radicales cuyos efectos, en la mayoría de las ocasiones, sólo agravan el estado de las cosas.

Ante todo esto, ¿qué podemos hacer los padres? Cada caso es diferente (incluso cuando se dan dentro de una misma familia) y por tanto, el modo de enfrentar la situación también será diferente de un niño a otro. Aún así, quisiéramos apunta una serie de pautas que si bien pueden no ser útiles para nuestro hijo de forma específica, si pueden ayudarnos a percibir el problema con reflexión.

  • Detectada una alteración especial para aprender adecuadamente (dificultad para leer con fluidez; errores ortográficos persistentes del tipo de omisiones, sustituciones, inversiones de letras y sílabas; dificultad para comprender y operar con números, etc.), pedir ayuda en el centro escolar. Si ésta se limita a reforzar los contenidos y a medio plazo no se percibe una evolución clara, acudir a un especialista en difcultades de aprendizaje que además de una evaluación del niño, explique y oriente a los padres en torno a lo que es, supone y debe esperarse de las consecuencias de un trastorno de aprendizaje.
  • No retrasar la consulta para evitar que la dificultad que el niño presente se complique con el tiempo y afecte a más áreas del aprendizaje. El especialista en podrá distinguir si el bajo rendimiento de su hijo se debe a una alteración que necesita ser tratada de manera especial o a otras razones.
  • Las difcultades de aprendizaje tienen una evolución muy variable de un caso a otro, dependiendo sobre todo del momento en que se detecten. En este sentido, es conveniente que los padres no se preocupen excesivamente por el futuro académico a largo plazo de su hijo, intentando centrarse únicamente en el «aquí y ahora» de la situación. Esta actitud le liberará, tanto a ellos como al niño, de tensiones y presiones que solo interferirán en el proceso de recuperación.
  • Informarse de qué son las dificultades de aprendizaje ayuda mucho a comprender de manera realista lo que supone tenerlas para las personas que las padecen. Una actitud comprensiva y afectuosa, donde la confianza en la capacidad del niño para responsabilizarse y asumir sus problemas esté por encima del desaliento y la frustración que pueda provocarla persistencia de sus errores, es fundamental para la superación de este tipo de dificultades.
  • Sin embargo, la importancia de mostrar una actitud cariñosa y comprensiva con sus dificultades no debe ser entendida como una manera de sobreprotección. Hay que ayudarles a que asuman su responsabilidad, escuchándoles y ofreciéndoles el apoyo que requieran pero sin permitirles que utilicen su problema como una vía de chantaje o de escape ante las exigencias que se le planteen.
  • Evitar mostrarle modelos comparativos absolutos e inalcanzables (inteligente, responsable, eficiente…). Reflexionemos con sinceridad acerca de nuestras propias capacidades y habilidades y extraemos la conclusión de que todo es relativo. Nuestro hijo es mucho más que un rendimiento escolar eficiente.
  • Ayudarle a organizarse y estimular su autonomía, pero nada más si él nos lo solicita. Los padres no somos los más indicados para ayudar a nuestros hijos en lo que respecta al trabajo escolar. Hay muchos afectos, juicios, temores y valoraciones por medio que pueden verse alterados minando nuestra relación, sobre todo si tienen problemas de aprendizaje.
  • Dada la persistencia de la dificultad a lo largo de la vida escolar del alumno con dificultades de aprendizaje es muy importante poner más atención y énfasis en los éxitos  que en los fracasos. Es fundamental valorar el esfuerzo y la dedicación por encima de los resultados.

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